David Uriel Vergara Muñoz[1]
En un mundo donde las tensiones sociales y personales parecen multiplicarse, la inteligencia emocional emerge no solo como una herramienta psicológica, sino como un acto colectivo de paz. Sí, colectivo, porque entender y gestionar nuestras emociones no se reduce a un mero ejercicio de autoayuda; es un compromiso con la convivencia. Como bien señaló Daniel Goleman (1996), la inteligencia emocional es “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, los sentimientos de los demás, motivarnos y manejar adecuadamente las relaciones que sostenemos con los demás y con nosotros mismos”[2]. Y, es ahí, en esa intersección entre lo individual y lo colectivo donde la inteligencia emocional teje la posibilidad de construir paz.
Vivimos en una sociedad que venera lo efímero: likes, imágenes estéticas, redes sociales. Mientras tanto, lo esencial o lo más profundo como aquello que late bajo las emociones, queda relegado a un segundo plano. No es casualidad que, en medio de este contexto, la inteligencia emocional, surja como un acto poco practicado, pues es un ejercicio que nos exige detenernos, respirar hondo y preguntarnos: ¿qué sentimos y por qué? Daniel Goleman, psicólogo y divulgador, propuso cinco pilares para desarrollar la inteligencia emocional. Estos no son solo técnicas, sino herramientas para poner pausa a nuestra atención sobre lo banal y reconectarnos con nosotros mismos:
- Autorregulación.
- Motivación.
- Empatía.
- Habilidades Sociales.
Veamos ahora que, estos pilares representan, al mismo tiempo, una práctica de paz. Incluso las Naciones Unidas han reflexionado sobre el papel de la inteligencia emocional en el fortalecimiento de procesos que previenen la guerra y facilitan la resolución de conflictos. Su impacto puede extenderse a la colaboración comunitaria, el fortalecimiento de relaciones interpersonales y la construcción de una ciudadanía más comprometida con el mundo[3].
En espacios cotidianos, como con la familia o en el trabajo, la inteligencia emocional se vuelve una herramienta para negociar desacuerdos. No se trata de imponerse sobre los otros, sino de convertir conflictos cotidianos en diálogos productivos. Todo esto se traduce en pequeños actos que pueden sostener la paz y pueden traducirse en: escuchar sin interrumpir, reconocer nuestras propias limitaciones y las de los demás.
En conclusión, debemos resignificar la inteligencia emocional entendida como un acto individualista, en su lugar, se debe pensar como el desarrollo de prácticas colectivas con mayores acciones de empatía y autorregulación. La inteligencia emocional, debe estar presente en nuestras interacciones diarias, recordando que cada gesto de autoconciencia o empatía no solo mejora nuestra vida, sino que contribuye a un entramado social construyendo paz desde lo micro hacia lo macro, con voluntad y coherencia.
[1] David Uriel Verga Muñoz. Sociólogo, asesor político y coordinador de contenidos de En Clave De Paz.
[2] Goleman, D. (1996). La inteligencia emocional. Barcelona: Editorial Kairós.
[3] Naciones Unidas. (s.f.). Desbloquemos nuestras emociones para lograr los ODS: la inteligencia emocional. Impacto Académico de la ONU